sábado, 27 de octubre de 2007

El día que conocí a Verónica (parte 1)

La casa de Vallgorguina


Qué bonito es el amor, más que nunca en primavera. Pero esta vez no es amor, es, más que nada, sorprendente...

Tengo que decir que ahora que ya ha pasado tiempo, no me parece tan dramático ni extraño como entonces, ahora es algo realmente raro.

Me trasladé a vivir a Vallgorguina, un pueblo de una calle en medio del parque natural del "Corredor". En una casa rehabilitada que tenía alquilada una compañera de trabajo, así nos repartíamos los gastos y podíamos ahorrar algo. Además la casa era lo bastante grande para los dos, incluso para tres, porque muchos días estaba por ahí su novio Bernard.

Cuando me mudé, Verónica vivía sólo en el piso de abajo y no utilizaba las habitaciones de arriba, así que yo me quedé con una habitación y un baño en la planta de arriba y ella se mantuvo en la habitación del piso de abajo.

La casa estaba orientada a sur y le tocaba el sol todo el día. En total eran dos plantas mas los bajos donde estaba el garaje, la caldera y las bombas de agua. En planta baja había una habitación con baño, la cocina, el comedor, el salón con biblioteca y chimenea y al fondo del pasillo de la cocina una especie de galería-trastero-lavadero. El piso de arriba tenía los techos abuhardillados, la escalera de acceso estaba junto a la puerta de entrada a la casa y sólo había dos habitaciones y un baño. Las dos plantas tenían terrazas donde cultivamos marihuana, tomates, menta y cualquier planta que nos sobreviviera.

Una pasada, a muy buen precio, con todos los servicios, teléfono, internet ADSL con WI-FI, la cocina al completo: horno, lavadora, frigorífico y lavavajillas. También teníamos aire acondicionado y bomba de calor en toda la casa. Para un para de pardillos como Vero y yo, nos iba de perlas, una pasada vaya. El único problema que teníamos era que la caldera no funcionaba, pero el dueño del piso le instaló a Vero un termo eléctrico, así al menos nos podíamos duchar. Y cuando llegó el frío nos apañamos con la chimenea del salón y el aire climatizado.

A parte de eso, el resto muy bien, no podíamos conectar el aire de toda la casa porque saltaban los magnetotérmicos, el termo perdía agua y uno de los fogones de la cocina no ardía, pero el resto una ganga.

Verónica es una persona con la que es muy fácil vivir, tenemos los mismos gustos de comida así que podemos cocinar para los dos, trabajamos juntos y nos organizamos muy bien, vigilamos un poco uno del otro sin entrometernos en nuestras vidas. Bernard es un tipo la mar de enrollado, es una fiesta andante. Es de Guinea, y también tiene sus costumbres y sus cosas que a mí me parecen un poco raras, pero lo pasábamos de risa en la casa. Trabaja de camarero en un bar en la ciudad, y sólo sube los días que libra, que suelen ser martes y miércoles.

A Bernard le da miedo el avión y cree en los sueños premonitorios. Una noche, cenando, me comentó que si tuviera un sueño catastrófico de aviones estrellados no viajaría a París con Vero, y de eso sólo faltaba una semana. Al final se fueron de viaje sin problemas y sin sueños.

También cree en los espíritus y que estamos rodeamos de los fantasmas nuestros seres queridos y que hay que honrarles sus tumbas por si se enfadaran. Sin comentarios. No me lo imagino en el cine viendo películas del tipo "Los Otros", "El Orfanato" o "El sexto sentido", se caga de miedo seguro. Esa misma noche nos reímos un montón porque, mientras Vero vivía sola en casa, pasaba un poco de canguelo al ir a acostarse, decía que oía como pisadas en el piso de arriba, y luego le parecía como si fueran pisadas en el tejado. Supusimos que era por el tema de las obras de rehabilitación, que de alguna manera el tejado se estaría asentando o algo así.

Yo no había escuchado las pisadas, esa noche estuve al tanto y tampoco oí nada de nada, tal vez serían las tejas con el efecto del calor y la dilatación o vete tu a saber. Como no creía en nada de eso no tuve muchos problemas para dormir esa noche.

Por la mañana al bajar a desayunar ¡menudo estropicio!! ya os había comentado que el termo eléctrico perdía agua. Teníamos el termo instalado en la cocina y perdía en una de las juntas. El casero ya estaba avisado para arreglarlo, igual que el fogón, igual que otras pequeñas cosas, siempre nos decía que cuando vinieran a arreglar la caldera lo arreglarían todo, y que estaban avisados y tenían que pasar. O sea que teníamos que colocar un recipiente bajo el termo para recoger el agua que perdía, pero claro, había que cambiar el cazo de vez en cuando.

Tampoco era tan grave, pero a las siete de la mañana y con un poco de prisa para llegar en hora a la oficina, no apetece ponerse a fregar el suelo. Para colmo de males, me resvala el cazo de la mano y se vierte todo el agua en el suelo. Ahora el charquito se ha convertido en un auténtico charco. En ese momento no le dí mucha importancia, pero al pasar la fregona el agua hizo un movimiento extraño. Tan extraño que no sé cómo explicarlo, si yo fregaba hacia la izquierda era como si el agua fuera hacia la derecha, una cosa rara. Dejé de fregar, me restregué los ojos y volví a pasar la fregona, de nuevo hizo algo raro. Entonces entró Vero en la cocina:

-Es super tarde, que he dormido y también voy tarde. ¡Ostras! ¿Y esto? ¡Se nos olvidó cambiar el cazo! Madre mía, espera que te ayudo.
-No, no hace falta, ya lo acabo yo. ¿Puedes ir poniendo la cafetera mientras?

Ahí quedó todo, lo fregué todo rápido y salimos corriendo con el desayuno en la boca todavía.

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