domingo, 28 de octubre de 2007

El día que conocí a Verónica (parte 2)

Los problemas con el agua


Poco a poco empezamos a tener más problemas con el agua, humedades, goteos. Parecía que la ganga de piso que me había comentado Verónica no era tan fantástico.

Empezó por aparecer una mancha de humedad en la habitación de Vero, en el piso de abajo. Lo estuvimos mirando y no entendíamos nada, por ahí no pasaba ninguna tubería, y justo encima, en mi habitación, no había rastros de humedad. Supusimos que serían filtraciones de la fachada, una excusa barata para tratar de explicar la mancha. A los pocos días Vero me comentó que pasaba frío por las noches y tenía sensación de humedad en su cuarto. La verdad es que así era, al entrar en su habitación hacía más frío que en el resto de la casa y no era muy comfortable. Como había habitaciones libres arriba, subimos la cama y el armario. Dejamos la habitación medio vacía con la ventana un poco abierta a ver si se secaba la mancha.

Más tarde, el simple goteo del termo se hizo un goteo no tan simple. Al principio con un cazo aguantábamos una semana, ahora ya no duraba tanto y había que cambiar el cacharro cada dos días. Empezamos a acumular bidones con el agua del termo que utilizabamos para regar las plantas o limpiar la casa. El problema era que cada vez era más difícil dar salida a este agua y el casero ni caso "están avisados, tienen que venir a arreglarlo". Más vale que vengan pronto o tendrán que traerse la barca.

Lo máximo fue despues de las vacaciones de verano. Cuando regresé a la casa después de una semana ausentes me encontré los grifos de las bañeras goteando, los tapones puestos y llenas de agua. Yo estaba seguro de haber dejado los tapones puestos para que no entraran olores, ¡pero los grifos goteando! eso seguro que no.

Al meter la mano para quitar el tapón, ¡qué fría estaba el agua! me pareció ver a Veronica detrás de mí, reflejada en el agua:

-Vero, mira todo esto, no entiendo qué ha pasado.

Me giré y allí no había nadie, estaba yo solo en el baño. Salí y busqué por casa, llamándola a gritos:

-Vero, Verónica ¿estás ahí?, Vero,..

Nada, todavía no había llegado de vacaciones, supongo que me pareció verla y ya está.

Sí, claro,... ¡de eso nada!! Cuando me asomé a la bañera del piso de arriba, antes de meter la mano en el agua, ahí estaba ella. Detrás de mí, mirandome a través del reflejo del agua. Seria, sin decir nada, no tenía cara de enfado, sólo estaba seria. Me pareció que tenía el pelo más largo, y le caía liso sobre los hombros. Ahí estaba, detrás de mí, mirandome fijamente.

-¡Qué miedo, colega! Vero, me has asustado, podrías contestarme.

Yo ni me giraba, estaba cagao de miedo, y ella seguía ahí mirando fijamente. ¡La madre que la parió! Yo no estaba seguro de que ella estuviera ahí o no, o qué es lo estaba viendo. Quité el tapón rápidamente, me giré y, cómo no, Vero no estaba ahí. Estas cosas, a un tipo de ciudad como yo, no nos sientan nada bien.

- Vero, sal de ahí que te he visto antes, como broma ya se acabó la gracia. ¿Dónde te has metido?
Y la niña sin aparecer. Mis niveles de terror iban creciendo junto a los del cabreo. Ya estaba anocheciendo y no salía de su escondite. No estaba en su habitación, ni en la mía, ni en ninguna sala de las plantas baja y primera. Y yo desde luego no iba a bajar a buscarla a la caldera, uno es machote pero no tanto. Vaya, te tenía un miedo que no bajo yo allá ni harto de vino.

Al fin y al cabo si quiere cenar tendrá que subir a la cocina. De momento y mientras no aparezca o responda yo preparo cena para uno. Estaba preparando algo de comer, la oferta era pobre ya que la nevera estaba casi vacía, y pensé en comprobar si su coche estaba fuera. Qué tontería, a ver si yo me había enfadado con ella, al final no estaba siquiera en casa y todo eran imaginaciones mías. Bingo, mi coche estaba solo aparcado en la entrada. ¡Mira que soy memo! Ahora doble trabajo, enfadarme y desenfadarme! La llamé a su móvil y me dijo que estaba en la autopista de camino y llegaría en media hora.

Por un lado pensé que era un tonto al haberme enfadado tanto, por otro lado estaba seguro que estaba ahí, detrás de mi, frente a la bañera. Cuando se lo comenté a Vero, ya me lo dijo, medio en broma medio en serio, que ella oía pisadas cuando estaba sola en casa, incluso después de trasladarme yo, pero como nos habíamos reído tanto de ella cuando nos lo explicó, no había dicho nada más. Aquella noche no pegué ni ojo, entonces sí que oía las pisadas en el tejado y en el pasillo, y veía manchas y todo lo malo que imaginaba vino a visitarme por la noche.

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